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viernes, 17 de febrero de 2012

Mi afición por la lectura

Fuente: http://www.michelrausher.com
Desde que tengo una imagen propia de mí, me he visto relacionado con la lectura.

Recuerdo que mi madre me leía a diario y a través de ella tuve mi primer contacto con esta mágica tarea: la de escuchar leer.

Sin embargo no puedo decir que desde un inicio fui un lector asiduo. Me encantaba escuchar, pero me daba flojera hacerlo por mí mismo y como tenía el vehículo intermediario que satisfacía mi necesidad no me preocupaba de más. Solo que estando en primer año de secundaria saqué de la biblioteca de mi escuela un hermoso libro de Leyendas Africanas en espera de escuchar nuevamente la arrulladora voz de mi madre. Sin embargo cuál no sería mi asombro  al escucharle decir: Si te interesa el libro léelo tú.

Hice lo indecible para que me lo leyera pero su resolución estaba tomada: o leía yo o no me enteraría de lo que decían estas leyendas. Resultado, después de una gran perreta de mi parte entregué el libro sin haberlo leído.
Autor imagen: Michel Rausher. Fuente: http://www.michelrausher.com
A la semana no me quedó más remedio que volver a sacarlo y leerlo por mí mismo. Recuerdo entre las leyendas la de Analía Tubarí. El placer que sentí fue totalmente nuevo. Ya no escuchaba su lectura embriagadora, pero ahora sí podía ir a mi ritmo, pararme dónde más me interesaba, releer los pasajes que más tarde me fueron marcando como lector consciente. Qué decirles, me convertí en un asiduo lector de libros con múltiples temas: de ciencia – ficción, policiacos, novelas históricas, en fin, no tenía fondo mi interés como lector. Eso sí, no tengo libros ni autores que me “han marcado”.

Creo que cada libro que he leído me ha dejado una huella particular por muy diferentes motivos: la forma de narrar del autor, el tema, los nuevos conocimientos aprehendidos, etc.


Por eso puedo decirles que leer es mi pasión.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Bibliofilia

Fuente: Biblioteca pública Vicente P. Cacuri
Mi bibliofilia comenzó en la preparatoria, cuando descubrí la biblioteca que le había heredado Porfirio Martínez Peñaloza al Tec de Monterrey de Querétaro. En ese entonces yo no sabía absolutamente nada de Martínez Peñaloza. Lo conocía de leídas: su nombre está, a mano, en la primera página de cientos de libros.

La bibliofilia es una condición extraña: significa sentir placer por un objeto mientras el objeto, obviamente, no siente nada. Es raro sentir fascinación y hasta cariño por un objeto, por un libro. Pero es una emoción sincera: los libros me producen un discreto y tímido placer.

En fin, entre los miles de libros de ingeniería y administración que hay en la biblioteca descubrí una primera edición de Libertad bajo palabra corregida por el propio Octavio Paz; descubrí distintas ediciones dirigidas por Juan José Arreola, como una edición bellísima del Personae de Pound; descubrí libros dedicados por Villaurrutia y otros tantos firmados por un simpático «Tito», que después descubrí era el mismo Tito Monterroso autor del libro. Recuerdo también un pequeño libro con un dibujo a lápiz de José Clemente Orozco. Libros invaluables, o mejor dicho: multivaluables.

Por supuesto, me los robé. Cuando el librero de la casa de mis padres se tornó sospechoso, y sobre todo cuando temí un incendio en mi propia casa, los devolví.

Ese fue el origen de mi bibliofilia, aunque en realidad debería de decir bibliomanía, pues, al parecer, el cariño por lo libros es una especie de enfermedad crónica.

De repente comprar libros se convirtió en un hábito. Agarré la costumbre de entrar a todas las librerías y no poder salir sin por lo menos un ejemplar. Me entró la manía de comprarlos y, sobre todo, la vanidad de colocarlos en mi librero. Y luego, más temprano que tarde, me quise deshacer de algunos libros. ¿Pero cómo, de cuáles? Lo más curioso es que tenía por ahí un libro con una guía para hacerlo: el cuento de Monterroso titulado Cómo me deshice de quinientos libros. Hay libros que te dicen cómo deshacerte de ellos mismos. Es irónico. La bibliofilia es enfermedad y antídoto al mismo tiempo, por eso las bibliotecas son siempre circulares.

Hace poco, en una de esas librerías que llaman «de viejo», compré un libro que desde el título consideré práctico y muy útil: Nociones de teneduría de libros. Como no sé mucho de números y al parecer menos de palabras, supuse que teneduría venía del verbo tener. Supuse un libro genial; mi nueva adquisición me iba a decir, de una vez por todas, qué libros tener y qué libros no tener. Como mi librero comenzaba a gozar de un superávit imparable, consideré a este libro como la solución perfecta. Ya en mi casa, leyendo por fin el libro frente al librero, me di cuenta que teneduría se refiere –quién sabe por qué– al arte de llevar los libros de contabilidad. Conservo ese ejemplar como muestra de mi estupidez. Sospecho que mi biblioteca es el repetido testimonio de la ignorancia y la ingenuidad humana. Esa es la sustancia de mi bibliofilia.