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jueves, 24 de noviembre de 2011

Bibliofilia

Fuente: Biblioteca pública Vicente P. Cacuri
Mi bibliofilia comenzó en la preparatoria, cuando descubrí la biblioteca que le había heredado Porfirio Martínez Peñaloza al Tec de Monterrey de Querétaro. En ese entonces yo no sabía absolutamente nada de Martínez Peñaloza. Lo conocía de leídas: su nombre está, a mano, en la primera página de cientos de libros.

La bibliofilia es una condición extraña: significa sentir placer por un objeto mientras el objeto, obviamente, no siente nada. Es raro sentir fascinación y hasta cariño por un objeto, por un libro. Pero es una emoción sincera: los libros me producen un discreto y tímido placer.

En fin, entre los miles de libros de ingeniería y administración que hay en la biblioteca descubrí una primera edición de Libertad bajo palabra corregida por el propio Octavio Paz; descubrí distintas ediciones dirigidas por Juan José Arreola, como una edición bellísima del Personae de Pound; descubrí libros dedicados por Villaurrutia y otros tantos firmados por un simpático «Tito», que después descubrí era el mismo Tito Monterroso autor del libro. Recuerdo también un pequeño libro con un dibujo a lápiz de José Clemente Orozco. Libros invaluables, o mejor dicho: multivaluables.

Por supuesto, me los robé. Cuando el librero de la casa de mis padres se tornó sospechoso, y sobre todo cuando temí un incendio en mi propia casa, los devolví.

Ese fue el origen de mi bibliofilia, aunque en realidad debería de decir bibliomanía, pues, al parecer, el cariño por lo libros es una especie de enfermedad crónica.

De repente comprar libros se convirtió en un hábito. Agarré la costumbre de entrar a todas las librerías y no poder salir sin por lo menos un ejemplar. Me entró la manía de comprarlos y, sobre todo, la vanidad de colocarlos en mi librero. Y luego, más temprano que tarde, me quise deshacer de algunos libros. ¿Pero cómo, de cuáles? Lo más curioso es que tenía por ahí un libro con una guía para hacerlo: el cuento de Monterroso titulado Cómo me deshice de quinientos libros. Hay libros que te dicen cómo deshacerte de ellos mismos. Es irónico. La bibliofilia es enfermedad y antídoto al mismo tiempo, por eso las bibliotecas son siempre circulares.

Hace poco, en una de esas librerías que llaman «de viejo», compré un libro que desde el título consideré práctico y muy útil: Nociones de teneduría de libros. Como no sé mucho de números y al parecer menos de palabras, supuse que teneduría venía del verbo tener. Supuse un libro genial; mi nueva adquisición me iba a decir, de una vez por todas, qué libros tener y qué libros no tener. Como mi librero comenzaba a gozar de un superávit imparable, consideré a este libro como la solución perfecta. Ya en mi casa, leyendo por fin el libro frente al librero, me di cuenta que teneduría se refiere –quién sabe por qué– al arte de llevar los libros de contabilidad. Conservo ese ejemplar como muestra de mi estupidez. Sospecho que mi biblioteca es el repetido testimonio de la ignorancia y la ingenuidad humana. Esa es la sustancia de mi bibliofilia.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Trastocar el programa oficial de lecturas

Fuente: Taringa.net
Cada curso tiene sus lecturas «oficiales». En Literatura clásica leemos un drama de Sófocles, tres o cuatro cuentos medievales y alguna obra renacentista. En Literatura moderna leemos a Lope de Vega, a Molière, a Gustavo Adolfo Bécquer, a Chéjov y por ahí, quizá, algún texto de Baudelaire. Estas lecturas oficiales responden a los contenidos que debemos transmitir: la literatura en la Edad Media se escribía así, el sentir romántico es asá, los poemas simbolistas son yacuzá yacuzá…

Pero cada curso tiene también sus lecturas no-oficiales. Si uno de los objetivos del curso es desarrollar cierta emoción por la lectura, cierta necesidad, cierto placer, entonces el programa de lecturas no debe restringirse a una época histórica. La literatura es libertad: podemos leer a Cortázar mientras leemos una obra clásica griega, podemos crear un paréntesis en el Siglo de las Luces para leer, por decir algo, a Ibargüengoitia.

Durante el semestre, comparto con mis alumnos diversos textos que yo leo con un enorme placer. Cuatro o cinco textos que quizá no tengan ninguna relevancia histórica con el curso, pero que intentan cumplir ese otro objetivo: desarrollar cierta emoción, cierto placer por la lectura.

Así fue como leímos el capítulo 73 de Rayuela, el prólogo de La vida instrucciones de uso, el magnífico cuento de Calvino La aventura de un lector, el Conjuro de Felipe Garrido, el discurso que dio Vargas Llosa tras recibir el premio Nobel, entre algunos otros.

De todos los textos que he seleccionado, el que ha causado un mayor goce ha sido, sin duda, el cuento de H.G. Wells La historia del difunto señor Elvesham. No sé por qué, no sé si fue por ese despliegue fantástico de imaginación que tiene Wells, no sé, pero ese ha sido el texto más placentero que hemos leído en clase. No quisiera tratar de explicar racional o sentimentalmente por qué causó tanto placer, pues un texto, como diría Nabokov, no se lee con la cabeza, y tampoco con el corazón, sino con la espina dorsal. Y sí, justo ahí se encuentra el placer de la lectura. Leer significa sentir un escalofrío en el espinazo.